Despertar
- anadelicadopsicolo
- hace 3 horas
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Comienza septiembre y con ello EL COMIENZO. Lo pongo en mayúscula porque creo que no hay mes ni hecho tangible que sea tan brutal como el día 1 del mes 9.
Las personas que no tengan hijas o hijos lo vivirán como el regreso después del descanso. Las que de una u otra manera estamos en contacto con menores, el curso da comienzo OFICIALMENTE (también en mayúsculas). Mamás, papás y figuras parentales calientan motores probando ropas, repasando mails, cerrando las compras de material escolar y revisando mochilas (un abrazo a las que os encontréis el plátano de la merienda del último día de cole de junio).
Las personas que por motivos laborales acompañamos a peques, limpiamos espacios, preparamos materiales y cerramos agendas.
Hay personas que, como yo, hacemos pleno en los tres apartados anteriores: volvemos al curro como cualquier adulto, preparamos en mayor o menor medida la vuelta escolar en casa y también lo hacemos en nuestros puestos laborales. Comenzamos la mañana cuidando en casa y alargamos la acción hasta que nos metemos en la cama a las diez de la noche (siendo bastante generosa). Con esto no pretendo desmerecer a las personas que no tienen o viven con criaturas. Tampoco a las que sus oficios no las invitan a cuidar sino a revisar, contar, facturar o atender. Pero si que me apetecía escribir y hacer una mención especial a las que decidimos dedicar nuestra vida familiar y laboral al cuidado de otras personas, en este caso en concreto, a niñas y a niños.
Hace un tiempo una maestra me dijo: “Ana, es que la emoción cansa. Cansa mucho”.
Gente, la emoción cansa, cansa mucho y creo que no hay nada tan emocional y que remueva tantas emociones como una criatura. Porque cuando son muy pequeñitos son principalmente cuerpo y emoción y porque toda esa “alegríarabiatristezafrustación” a las personas adultas NOS DESPIERTA. Nos despiertan las ternuras y las durezas. Los ángeles y los demonios. La calma y el desasosiego. Como mujeres y hombres deberíamos contar con una armadura blandita que fuera capaz de parar y sostener sus huracanes de lágrimas, gritos y carcajadas. Como personas adultas, formadas y profesionales, dejar el pasado que nos hirió en la puerta de entrada al consultorio o clase y poder verlos sin más: cansados por el madrugón, tristes por separarse de sus seres queridos, asustados ante la novedad del nuevo curso. Ojalá pudiéramos volver la mirada y vernos como lo que somos: personas de referencia que los acompañamos a descubrir un mundo que no conocen, encargados de velar por su BIENESTAR.
Para este curso escolar que comienza os deseo mucha automirada. Estoy segura que ese el lugar desde el cual conseguiremos mirar y cuidar nuestra infancia.
¡Buena vuelta!
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